El pueblo, a lo largo del tiempo, ha creado poesía; se difunde de modo oral y anónimo, a través de cantares de todo tipo, entonados tanto en los momentos festivos, como en los laborales. Es una poesía muy hermosa, caracterizada por su sobriedad; por la utilización, a veces, de imágenes sorprendentes; por el uso de paralelismos, de estribillos…; y por otros recursos, en los que no podemos entrar ahora. El pueblo, hoy, sigue creando también poesía. Y la poesía está más presente en la sociedad, den la realidad, de lo que pueda parecernos.

Pero del pueblo, en ocasiones, también emergen personas tocadas por el don de la poesía. El caso de Miguel Hernández –ya que el año pasado celebrábamos el primer centenario de su nacimiento- es bien patente.

También lo es, caso de otro modo, el del poeta salmantino Remigio González “Adares” (Anaya de Alba, 1923 – Salamanca, 2001). Un hombre salido del pueblo, del ámbito rural de la comarca de Alba de Tormes, y que, tras la experiencia de la emigración a Francia –que también vivirían no pocos campesinos de nuestra provincia- regresaría a Salamanca, para dar fe de vida, fe de poeta en la calle, en la plaza salmantina del Corrillo, donde todos pudimos verlo ante su puestecillo, ante su tenderete de libros, con su figura de hombre enjuto, tocado por una visera en ocasiones, vendiendo su propia obra.

Lo primero que llama la atención de nuestro poeta es el seudónimo que utilizara: “Adares”, nombre alto, sonoro y significativo (como diría Don Quijote del de Dulcinea), que nos evoca el nombre de alguna estrella incógnita y lejana. Pero es un acrónimo que aúna y esconde toda una constelación de palabras significativas para el poeta y para el hombre: A (adelante), D (dolor de la madre al dar a luz), A (amor), R (Remigio), E (España), S (Salamanca); esto es, que, en tal seudónimo, el autor nos da razones del mismo tanto de tipo existencial (el dolor y el amor), como topográfico (España y Salamanca), las primeras de tipo universal, puesto que el amor y el dolor son patrimonio de todos; mientras que las segundas remiten ya más bien a lo local, todo el mundo tiene un pueblo y una provincia, y aquí habría que recordar la pequeña provincia del hombre, de la que Elías Canetti hablara.

El tenderete de libros de “Adares” en la plaza salmantina del Corrillo siempre mostraba tomitos enjutos y de títulos sorprendentes. Aquellos libros tan magros me llevaban de continuo, cuando los veía y me hacía con alguno, a una suerte de estética de la pobreza, de la precariedad. El poeta –habitado por la pasión de crear y de difundir su creación- se autoeditaba sus propios libros y nos los ofrecía a todos en aquel puestecillo, a modo de ara sagrada de la poesía. Aquí, hemos de recordar la figura del escritor portugués Miguel Torga (otro seudónimo), que siempre se autoeditó su propia obra, fuera en el género que fuera.

Siempre me resultaron llamativos también sus títulos, pues, nada más que se leían, causaban extrañeza, como si quisieran conducirnos hacia territorios de la belleza no trillados, por caminos personales y únicos: Sangre talada, Disparates de mi lado izquierdo, Cinco pesetas de bosque, La curva que no mira…

¿Cuál era el territorio poético de Remigio González “Adares”? Se ha hablado del carácter telúrico-ctónico de su escritura poética, y no está mal puesta tal etiqueta, y más tratándose de un poeta que, por su origen, tiene un claro imaginario rural. Pero tal telurismo siempre está atravesado en él por lo existencial, por la huella vital propia, por el desarraigo de la emigración, por la experiencia de la pobreza y de la muerte, aunque también por la del amor.

No le faltaba razón tampoco al llorado Aníbal Núñez cuando lo definía como “surrealista de hogaza”, que era lo mismo que decir “surrealista telúrico”. “Adares”, por talante propio, pero acaso también por creer que la poesía ha de apartarse de lo claro y sencillo (algo que, por el contrario, no cree el pueblo del que procede), cultivó un peculiar surrealismo. En todo caso, siempre, su palabra nos suena a verdadera. A través de ella, percibimos un imaginario personal, al tiempo que universal, de todos.

Por edad, Remigio González “Adares” pertenecería a la llamada generación de los 50 o del medio siglo, o, más específicamente, al grupo poético de los 50; pero por origen, talante, trayectoria vital, planteamientos creativos…, está fuera de ese privilegiado –por ya consagrado- territorio. Pero, en literatura, como en todos los campos de la vida, el primer plano no es siempre lo más significativo, pese a vanidades, boatos, reconocimientos y otras convenciones sociales en torno a la creación y a las labores humanas.

Remigio González “Adares” es un poeta a ras de tierra, a ras de calle, a ras de Corrillo. Es un poeta que –como un Prometeo- bajó el fuego de la palabra iluminada, de la palabra creadora, de los cenáculos de las minorías a ese puestecillo, a esa ara humilde y pública, para ofrecérnoslo a todos.

Por eso, sería un error descomunal ahora reunir su poesía en un tomo encuadernado en pasta dura y de dudoso gusto en su impresión, bajo cobertura de organismo oficial. Y sería un gran error, porque ello supondría “matar” y profanar la significación que tuvo –y que puede tener- la vida y la creación lírica de Remigio González “Adares”.

JOSÉ LUIS PUERTO