“Esa libertad que no se hereda, objeto de codicia y sin embargo una, esa precisamente ha empezado a morirse cuando Adares ha muerto” (Ángel González Quesada)

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ADARES

Remigio González (Anaya de Alba, Salamanca, 1923) es el hombre que alimentó el mito de ADARES.

Pintor, cantaor de flamenco, emigrante y… poeta. De hecho, uno de los más grandes que ha dado Salamanca en los últimos años.

Aunque comenzó a publicar de manera tardía (Sangre Talada, 1977), desde entonces y hasta el mismo momento de su muerte, Adares mantuvo una incesante labor creadora en la que acabó por hacer de la poesía su modo de asomarse a la vida.

Si por algo será recordado el poeta, además de por sus decenas de libros, fue su absoluta fidelidad al oficio que él mismo se impuso: ocupar su cátedra de poesía al pie de los escalones de El Corrillo.

En la plaza salmantina se convirtió en presencia constante de la palabra, en cercano creador siempre dispuesto a sembrar de asertos, proverbios y rimas una conversación con cualquiera.
Por eso Adares no morirá nunca. Cuando el 4 de febrero de 2001 cerró los ojos (“Nací y he muerto / dos oficios en uno / que dejo hechos / solo silencio / ahora / piden mis huesos) dejó tras de sí una obra original y única, dos cajas llenas de poemas inéditos y una legión de seguidores dispuestos a gritar un recuerdo por entre las columnas de El Corrillo.

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