El tiempo es más perverso
que su propia
existencia.

Viajamos boca arriba y nunca nos caíamos.
Mi chalina amarilla se puso los collares.
Ella llegaba en punto
y vestida de corto
revalaba la luz.
Isla de las reinetas manzanas en su tiempo.
Sus brazos eran largos como todas las fiestas,
y se redondeaba como de melodía.
Hecha de mi esperanza nos cantaron las olas
lazos en Babilonia y una falda de seda
que la cubría por la chuchería.
Nos fuimos a amapolas y nos amamos
como cuando se riñe, y cuando regresamos
aún repicoteaban las dulzainas.
No entraba entre los dos ni un rendija
de ceñir las peras.
Por las gaviotas de las playas tontas
albricias nos cataron los grillos
del penacho.