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Con la mano en los dedos

El tiempo es más perverso
que su propia
existencia.

Viajamos boca arriba y nunca nos caíamos.
Mi chalina amarilla se puso los collares.
Ella llegaba en punto
y vestida de corto
revalaba la luz.
Isla de las reinetas manzanas en su tiempo.
Sus brazos eran largos como todas las fiestas,
y se redondeaba como de melodía.
Hecha de mi esperanza nos cantaron las olas
lazos en Babilonia y una falda de seda
que la cubría por la chuchería.
Nos fuimos a amapolas y nos amamos
como cuando se riñe, y cuando regresamos
aún repicoteaban las dulzainas.
No entraba entre los dos ni un rendija
de ceñir las peras.
Por las gaviotas de las playas tontas
albricias nos cataron los grillos
del penacho.

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Adares

Eh, tú, no desvaríes
esculpiendo versos en la calle,
coloreándolos con el rojo
de tu sangre,

cubriéndolos con el sudario
de tus fabulosos sueños.

Salamanca a la deriva
y tú, firme en tu trono de piedra,
codeándote con voces
extranjeras,

repartiendo esa vida
que el tiempo no ahoga.

Tu carne se hizo sombra;
tus versos, talismanes
donde no naufraga tu cabeza.

Estremecimiento
o desvarío, o reencuentro
en cada eco,

en cada pisada.

Horizonte impar
la Plaza del Corrillo y tú.

Alfredo Pérez Alencart

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ADARES

Remigio González (Anaya de Alba, Salamanca, 1923) es el hombre que alimentó el mito de ADARES.

Pintor, cantaor de flamenco, emigrante y… poeta. De hecho, uno de los más grandes que ha dado Salamanca en los últimos años.

Aunque comenzó a publicar de manera tardía (Sangre Talada, 1977), desde entonces y hasta el mismo momento de su muerte, Adares mantuvo una incesante labor creadora en la que acabó por hacer de la poesía su modo de asomarse a la vida.

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Adiós, poeta

(El Adelanto de Salamanca, 5 de febrero de 2001)

Se nos fue el poeta. Se nos marchó en voz baja, sin saberlo, dictándole poemas a la muerte. Se fue sin hacer ruido, transparente, para firmar sus versos en la tierra. Para buscar a Aníbal Nuñez y a su abuela. Para vivir por siempre en su palabra.
Hoy el Corrillo añora sus poemas, sus ojos oxidados de recuerdos, su barba de marino, su sonrisa, su corazón de fruta y agua. Hoy todos le buscamos en su silla, sembrando su saludo en las miradas.

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Colina de naranjas (Mesa reñida, 1989)

Ayer me robó el día la penumbra.
Me dejó en soledad borrosa el aire
mis edades.

Quedóse allí sin mí, envuelto en hielo,
y la penumbra el sol la relucía;
una campana para dos tambores
y una grillera para dos ladrones,

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Cuando nacemos el olvido no existe, lo adquirimos después, en las tendencias (Al poeta de Castilla y dame, 1979)

Te saqué de tus ojos otros ojos
para mirarles como entre dos truenos,
empezarán sus cosas a radiarme
y por abajo como un abrazo loco.
Todavía sin ser el eco de tus manos
me olieron a novela tus momentos,
princesa de la hierba tus pestañas,
la boca del juguete en tus mejillas.
Flores largas contigo estuve un rato
porque te vi guitarras en la hierbas
con los ojos crispados y el oído
en tu morena cenicienta bella.

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Muerte (Sangre Talada, 1977)

Porque yo ya he llegado a donde iba
al medio siglo estirajando chicle.
Por la cabaña tonta de la escoba
reventando botellas a la muerte.

¿Quién me robó el rancho de los pavos?
¿Quién me robó el cartón de mis comienzos?
Ella fue quien me ocupó la noche
sin perseguirme nadie; fui de entonces.

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